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El Alfarero de Galaxias: ¿Por qué Dios no tira nada a la basura?

  • 13 feb
  • 2 Min. de lectura
Imagen artística de la Tierra rodeada de luz dorada sostenida por manos divinas en el espacio simbolizando la restauración de la creación

¿Dios destruirá la Tierra o la restaurará?


Existe una tensión teológica que ha dividido opiniones por siglos: ¿Será este mundo aniquilado por el fuego para dar paso a algo totalmente nuevo, o será purificado para recuperar su gloria original? Si observamos el carácter del Creador a través de Su Palabra, la respuesta brilla con una esperanza restauradora: Dios no es un fabricante de productos descartables, es un Padre que redime reliquias.


La idea de una destrucción total del universo significaría, en cierto sentido, admitir que el enemigo logró arruinar la creación de tal forma que Dios no pudo sanarla. Pero nuestro Hacedor no “tira a la basura” lo que amó y creó; Él lo reclama. Como bien dice Max Lucado: “La nueva tierra será una versión mejorada de la antigua... Dios devolverá su gloria original a cada átomo, insecto, animal y galaxia. No hacerlo sería admitir que no tiene poder para crear”.


La prueba más contundente de esta verdad somos nosotros mismos. Si el plan de Dios fuera simplemente descartar lo que se rompió, el primer “borrador” en ser eliminado habría sido el ser humano tras la caída. Sin embargo, en lugar de crearnos de nuevo desde cero, decidió descender, ensuciarse las manos con nuestro barro, cargar con el pecado de todos y morir crucificado por amor a nosotros, así ofreciéndonos redención y siendo el Único Santo para darnos vida eterna.


Aquí aparece la imagen magistral del Alfarero. Cuando la vasija se deforma en la rueda, el Maestro no lanza el barro al suelo para buscar arcilla nueva. Él persiste. Con paciencia infinita y a pesar del cansancio, vuelve a moldear la misma masa una y otra vez hasta que la pieza es perfecta.


De la misma manera, este planeta que hoy gime será renovado, no aniquilado. El fuego final no es de exterminio, sino de purificación; es el horno del Alfarero que fija la belleza para siempre. Es como el proceso del oro: aunque hoy esté mezclado con la piedra y la suciedad, el fuego del refinador no consume el metal precioso, sino que elimina la escoria para que lo que siempre estuvo allí —el diseño original de Dios— brille con todo su esplendor. Dios no se dará por vencido con Su obra maestra. Cada átomo y cada hijo de Dios que ha aceptado a Jesús por la fe, será restaurado y glorificado, demostrando que la autoridad y el amor del Creador son capaces de rescatar hasta lo que parecía perdido.


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