El Síndrome de la Langosta: Cuando el Desierto se muda al Corazón

Basada en: Números 13:33
“También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos”.
El éxodo de Egipto es, sin duda, uno de los despliegues de poder más extraordinarios en la historia bíblica. Las plagas, la columna de fuego y la milagrosa apertura del Mar Rojo demostraron que para el Creador no hay cadenas físicas imposibles de romper (Lucas 1:37). A Dios le tomó apenas unos días sacar a Su pueblo de la tierra de servidumbre y esclavitud, sin embargo, la historia posterior nos revela una realidad alarmante: sacar “el espíritu de esclavitud de Egipto” del corazón de los israelitas demandaría toda una generación.
El punto de quiebre de esta encrucijada espiritual lo encontramos en los capítulos 13 y 14 del libro de Números, en el pasaje que la tradición hebrea denomina Shlaj Lejá (que significa “Envía hombres por tu cuenta”). Tras dos años de transitar el desierto, el pueblo se encuentra a las puertas de la Tierra Prometida. Siguiendo la instrucción divina, doce líderes —uno por cada tribu— debían explorar la región para trazar la mejor estrategia de entrada. Pero al regresar, el informe de la mayoría desataría una crisis de fe sin precedentes.
La Óptica Distorsionada del Miedo
Diez de los doce espías volvieron maravillados por los frutos de la tierra, pero aterrorizados por sus habitantes. Su crónica no se basó en la promesa de Dios, sino en la magnitud de sus propios temores: “También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos” (Números 13:33).
Este versículo esconde un principio psicológico y espiritual profundo que podemos llamar “El Síndrome de la Langosta”. Notemos el orden de la percepción: primero, ellos se vieron a sí mismos como insectos insignificantes (éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas), y solo después proyectaron esa misma inferioridad en los demás (y así les parecíamos a ellos).
La mentalidad de servidumbre tan enquistada en ellos luego de vivir tantos años de esclavitud les había distorsionado la realidad. A pesar de haber presenciado las plagas que humillaron al imperio más poderoso de esa época, de cómo se abría delante de ellos el Mar Rojo, como Jehová los acompañaba en forma de columna de nube durante el día y de noche en columna de fuego, su incredulidad era más fuerte: “¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho en medio de ellos?” (Números 14:11).
Pero he aquí que ante el primer desafío que Moisés les plantea de reconocer la tierra de Canaán, estos líderes se percibieron desamparados, pequeños y derrotados: “Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos” (Números 13:32-33).
El miedo es un virus altamente contagioso: en pocas horas: “...toda la congregación gritó, y dio voces; y el pueblo lloró aquella noche. Y se quejaron contra Moisés y contra Aarón todos los hijos de Israel; y les dijo toda la multitud: ¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto...” (Números 14:1-2). Ellos aún mantenían esa alma de siervos añorando el tiempo en que se encontraban seguros en un imperio poderoso recordando: “...del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; y ahora nuestra alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos” (Números 11:4-5 y Éxodo 16:3).
Dos Miradas, Dos Destinos
En abierta oposición a este informe desalentador, se levantaron las voces de Josué y Caleb. Ellos contemplaron exactamente la misma tierra, los mismos muros y los mismos gigantes, pero su óptica estaba calibrada por la fe y la memoria del poder y la fidelidad de Dios. Caleb intentó calmar al pueblo diciendo: “Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos” (Números 13:30). Al igual que el profeta Eliseo siglos después, ellos sabían que eran más los que estaban con ellos que con sus enemigos (2 Reyes 6:16).
Lamentablemente, el pueblo eligió escuchar la voz de la derrota de la mayoría en lugar de la minoría creyente. La consecuencia divina ante esta crisis de incredulidad fue tajante: “...no verán la tierra de la cual juré a sus padres; no, ninguno de los que me han irritado la verá” (Números 14:23). Y por cada uno de los cuarenta días que los espías exploraron la tierra, el pueblo cargaría con su iniquidad durante un año en el desierto. Cuarenta años de deambular en círculos hasta que una nueva generación, libre de los traumas y mentalidad de la esclavitud, estuviese lista para heredar la promesa. Dios trabajó durante ese tiempo con las nuevas generaciones quitando de sí ese espíritu de derrota, servidumbre y de incredulidad.
Nuestra Travesía Actual
A veces, en nuestra propia experiencia espiritual, nos encontramos habitando desiertos prolongados que nosotros mismos alimentamos. Fuimos rescatados por la gracia, la misericordia y el amor de Dios y así restaurados, justificados y posicionados como hijos, pero muchas veces ante los “gigantes” de las dificultades cotidianas que se levantan, los ministerios o las transiciones de la vida, reactivamos la vieja naturaleza de “esclavo”. Nos percibimos como langostas en un mundo de gigantes.
El verdadero viaje de la fe no consiste solamente en cambiar de geografía o de circunstancias; consiste en permitir que el Espíritu Santo renueve nuestra mente de manera integral. La Tierra Prometida no es para quienes añoran el diseño de su pasado de esclavitud, sino para aquellos que, como Josué y Caleb, caminan con la firme convicción de que Aquel “...que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo...” (Filipenses 1:6).
No permitamos que la mirada del desierto nos robe la herencia que ya fue conquistada en la cruz del Calvario. Es tiempo de mirarnos a través del diseño del Creador avanzando con fe porque “...somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:37).
























